El pasado jueves 21 de enero, tuvimos la reunión y el encuentro con familias del Colegio Arzobispal. En esta ocasión, María Sáez, orientadora y psicóloga del centro invitó a los padres a mirar la adolescencia con una idea de fondo: no es “una enfermedad”, sino una etapa intensa en la que cambian el cuerpo, la mente y el modo de relacionarse… y eso remueve también a toda la familia, que ha de reajustar normas, roles y tiempos.
Uno de los mensajes que más resonó fue la “traducción” de muchos conflictos cotidianos: cuando un adolescente “se desregula”, no siempre es rebeldía; a menudo es falta de recursos para gestionar lo que siente. Este enfoque desplaza la mirada del castigo a la comprensión: primero entender qué pasa por dentro, y luego enseñar estrategias y límites que ayuden a regularse.
Cuatro búsquedas que explican muchas conductas
La sesión propuso una brújula clara para interpretar la adolescencia: cuatro grandes búsquedas —identidad, autonomía, ideales y pertenencia— que atraviesan esta etapa y explican por qué, a veces, los padres sienten que “ya no reconocen” a su hijo o hija.
Identidad: “mirarse con lupa” y necesitar un territorio propio
Al hablar de identidad, se describieron señales muy habituales: el adolescente se mira “al espejo con lupa” (ropa, peinado, granos, peso…), porque la imagen corporal cobra un peso enorme. Junto a eso aparece la necesidad de un “territorio propio”: la habitación, el móvil, la intimidad, espacios donde sentir control y pertenencia.
En este proceso, el choque con los padres puede ser frecuente. María subrayó que ese enfrentamiento, muchas veces, no nace del rechazo a la familia, sino del deseo de dejar claro ante sí mismos que son distintos y que están construyendo su propio yo. Por eso se advirtió de un riesgo: intentar impedir esa “rebeldía” o exigir un sometimiento absoluto puede dar tranquilidad momentánea, pero dificulta el crecimiento y el establecimiento de la identidad.
El cerebro adolescente: un “acelerador” muy sensible y un “freno” en maduración
Otra parte central fue entender qué ocurre a nivel neuropsicológico. Se explicó el cerebro adolescente como un sistema con dos fuerzas en juego: un “acelerador” (sistema límbico/recompensa) más sensible a emoción, novedad y recompensa, donde la aceptación del grupo pesa mucho; y un “freno” (corteza prefrontal) encargado de planificar, evaluar riesgos y frenar impulsos, que todavía está madurando y afinándose. Esta diferencia ayuda a comprender decisiones rápidas, cambios de humor o conductas de riesgo, y refuerza la importancia de acompañar con calma, coherencia y límites claros.
Ideales: el “para qué” y la importancia del ejemplo
En el bloque dedicado a ideales, se recordó que en la adolescencia aparecen preguntas grandes (justicia, verdad, sentido, fe, vocación) y la necesidad de sentirse importante vinculándose a algo valioso. Si falta horizonte, puede colarse el “relleno”: consumo, pantallas, placer inmediato o vivir sin responsabilidades. Como propuesta práctica, se animó a ofrecer experiencias que abran camino (servicio, proyectos, deporte con valores, acompañamiento espiritual) y se insistió en dos claves sencillas: lo que más enseña es el ejemplo y las conversaciones profundas valen más que mil sermones.
La sesión terminó dejando una invitación realista y esperanzadora: acompañar la adolescencia no es “controlarlo todo”, sino aprender a leer lo que ocurre, sostener límites sanos y seguir construyendo vínculo. Con comprensión, paciencia y presencia, esta etapa puede convertirse en una oportunidad de maduración para los hijos… y también para toda la familia.









